Abril, abril, abril, la primavera está en el aire. Y en los alcorques, claro, que mi Ayuntamiento ha sembrado tulipanes por doquier. ¡Con alegría, que hay elecciones!.
Es delicioso quedarse sentado en una plaza, esperando el crepúsculo mientras se charla de nada. Y volver a casa deambulando casi, escuchando al autillo pertinaz del barrio, que ha confundido los bloques de pisos con acantilados, y contemplando como se recortan contra la luz de las farolas, las siluetas de los capullos de hojas de los árboles recién podados y por tanto de formas imposibles, naturalmente imposibles.
Y ya empieza, ya empieza. Quizás porque la cercanía de otro acueducto, el de las fiestas de la Comunidad de Madrid y el día del trabajo, lo pone en nuestra mente. Quizás. El caso: la gente ya empieza a sustituir el "Hola, cómo estás", por el " ¿ Y vosotros, a dónde vais este verano?".
Mi mente empieza a mostrarse reacia a quedarse aquí conmigo, delante de la pantalla del ordenador, leyendo notas de prensa sin sustancia, buscándole el cuarto pie al gato que sé que tiene tres, o ignorando que la moto esa no tiene ruedas, sólo primera piedra, porque, quiero acabar cuanto antes y darme un garbeo por el parque ese a la entrada de Madrid, porque he visto en el chalet de la esquina que las lilas ya han florecido, y en El Capricho hay emparrados violetas.
En cuanto me despisto, en vez de teclear las siglas de un partido en busca de sus novedades electorales en la red de redes, mis dedos han tecleado, como en piloto automático: Ryanair, y están buscando un billete para disfrutar de otros atardeceres y comprar helados de arándanos con una pelirroja que no llega al medio metro. Jog bill tua yorguba glass…
Tengo que sujetarla, a mi mente, digo, porque aún queda mucho para que mi cuerpo pueda acompañarla. 38 días para las elecciones ( soy periodista recuerdan, hago información local y francamente, estaría feo irme de vacaciones en plena campaña, aunque, seguramente, mi virtual-boss no caería en el detalle), 59 para la constitución de los ayuntamientos.
59 días, espera, mente espera. Que tú eres un corredor de fondo.
Pero ella erre que erre, hasta la pantalla de inicio del Windows le parece el mar.
Ve las vacaciones en todas partes. Ha leído el tema de la semana de La Coctelera, zapatos, y ha llevado mis dedos hasta la carpeta de las fotos de las últimas vacaciones, cuando nos creíamos los protagonistas de El cielo protector y avanzábamos hacía el Sur, más al Sur, deshaciéndonos de envolturas por el camino ( y sin tocar un ordenador durante semanas, oye), hasta llevar, perennemente los mismos pantalanes blancos, una camisa violeta y un pañuelo celeste que bien sirve de velo, de parasol, de chal o de falda...
Y en los pies, unas humildes chanclas de goma, de a tres euros, que lo mismo se hacían al pavimento de Marrakech, al del patio de una madrasa encharcado por la tormenta de la tarde, mágica cuando el termómetro marca inmisericorde 50 grados; al suelo del baño del hotel, donde todos los orificios están tapados para cortar la entrada a las cucarachas y la cama tiene una fina capa de arena caliente, que acaba de traer el aire; a la tierra que arde del camino a aquella kasbha que se divisa desde la carretera o a chapotear en las acequias de un palmeral.
Tengo a las chanclas condenadas al ostracismo estos días. Me temo que si me las calzo mis pies comiencen a seguir a mi mente y ¿ quién les contaría a mis lectores la campaña electoral?.
Aquí les dejo las chanclas. Yo me quedo, sujetando a mi mente, a ver si con un té, un estricto y aburrido té británico (nada de fantasías verdes con hierbabuena y mucho menos fragancia de arándanos que recuerdan soles de medianoche entre abedules) la convenzo de que se quede delante de la pantalla, ayudándome con un trabajo, quenos aburre soberanamente desde hace demasiaaaaaaaado tiempo.
Tu mente está en otra parte. Y ahora las nuestras con tus preciosas precisas palabras que nos hacen acompañarla ( a tu mente) hasta ese viaje de infinitos horizontes que nos dan el recuerdo y la imaginación.