Teletrabajo
No me lo contaron todo.
Trabajo desde casa, qué bien.
Apenas salgo, todo está en la red, y si le tengo que dar una vueltital, tengo el emilio, o el teléfono, si es llamada internacional, el santo skipe.
No pierdo tiempo en el transporte al ir a la oficina. Una hora para ir, una hora para volver. Metida en mi capsulita roja, rodeada de cientos de capsulitas más, tamaños varios, pero un sólo ser vivo en cada una.Una hora, quince kilómetros. ¡ Hay que ver lo que ha progresado la humanidad!
Yo apenas tardo .... ( disculpen, tengo que cronometrarlo, un dato es un dato) en recorrer los dos metros ( esto si lo sé, tengo una conciencia exacata de todas las medidas de mi casa-oficina, porque aún me duelen los bolsillos tras el desplume de la tasación y los trámites de compra) que separan mi dormitorio de mi despacho.
Y como ecologista agradezco, claro, la oportunidad que esto me brinda de vivir acorde a mis principios. No contribuyo al calentamiento global, ya que mi cuerpo serrano no emite ningún gas tóxico en ese desplazamiento.
Puedo comer en casa. Incluso guisos de la abuela. Es tan simple como poner el pote mientras desayuno - té, fruta y cereales, soy una mujer alimenticiamente concienciada- y miro por la ventana como mis somnolientos vecinos se meten en sus coches, camino de sus curros, escuchando lo último que se bajaron ayer de internet. Bueno, algunos llevan retraso y lo compran en el top-manta. Un día en el ascensor ( yo bajaba la basura), conocí a uno que aún compra sus cd en tiendas.
Me estoy desviando. El pote. Es fácil, cuando una página de internet se cuelga, aprovecho para echarle un ojo a las lentejas. Es el sucesor de la meadita aquella de los anuncios ( yo ya veo poco la tele esa de los anuncios y si acaso, me grabo la serie en un viejo video carpatevotonico y resistente a las leyes de la evolución que tengo y paso los comerciales con deleite).
Así que como productos autóctonos, comprados en el comercio de mi barrio. No voy a abundar en lo del calentamiento global, pero esto es ecológico, no hay que gastar combustible en transportar las materias primas desde exóticos lugares. Doblemente ecológico. No gastó envases de plástico, o aún peor, de porespan, para llevar mis alimentos de la cocina a la mesa. Mis lentejas se trasladan en pote de barro. Y cuando muera de viejo, lo reciclare, haciéndolo añicos para ponerlos en el fondo de las macetas.
Me ahorro un pico en ropa. No hay paisaje humano que tenga que contribuir a decorar. No hay cliente, fuente, proveedor al que tenga que indicar con mis vestimentas que tengo un status determinado. Puedo trabajar en chandal o en pijama si me place. La de materias primas que le estoy ahorrando al planeta.
No tengo que gastar energía en empatizar con los compañeros, en generar espíritu de equipo, en no rozarme con el de la mala uva, en reirle los chistes al jefe. No tengo, sólo por poner un ejemplo basado en hechos reales, que llevar un mechero en mi bolso cuando no fumo, sólo porque el jefe de sección puede necesitar fuego en algún momento.
A mis compañeros de oficina, les caigo bien. Nunca les he oído lo contrario. Ahí está Pepito grillo - un muñequito de apenas dos centímetros, que me hace las veces de supervisor, recordándome que he de tener conciencia, que no todo vale, aunque nadie vaya a enterarse- y sonrie. Y Yoda, estático en el alfeizar de mi CPU, pezuña en alto recordándome aquello de : "siente la fuerza, todo es posible", o similar.
Y mi horario, gran ventaja en estos tiempos de conciliación en que vivimos, es flexible.Yo lo elijo. Es más,no me guio por ese viejo concepto de 40 horas semanales. No, yo soy una moderna jornalera especializada, y por eso, trabajo a destajo. Tantos cestos, tanta pasta. Como en las mejores viñas riojanas. Bueno, tengo un capatacillo que va cambiando de vez en vez el tamaño de los cestos ( a más grandes, qué se pensaban) y supone que no nos damos cuenta, o que si nos damos cuenta, no diremos nada, porque todos estamos en el mismo barco, y no queremos que se hunda. Un día voy a preguntarle por qué no le ponen máquinas y nos sacan de los remos. Se lo pondré en un imail, claro.
Pues eso, teletrabajo, qué bien.
Pero insisto, no me lo contaron todo.
No me dijeron que el ser sólo un destinatario en la bandeja de correo, llevaría a mis compañeros de tripulación a eludir que soy una persona, con los mismos derechos que ellos. Y a los sindicatos a obviarme por completo.
No me dijeron que tendría que hacerme autónomo por cuenta ajena, bonito concepto, intenten explicarlo a algún ciudadano de la UE del norte de los Pirineos.
No me dijeron que tendría que comprar yo todas mis herramientas de producción. Y mantenerlas. Y sus vacunitas, visititas al médico...
No me dijeron, que despiste, que no tendría pagas extras, que no me pagarían el mes de vacaciones, que si me ponía enferma, pero enferma de verdad - coño que trabajas desde casa y una pierna escayolada no es motivo para que dejes de hacer tu trabajo, y otra vez lo del barco - de hospital, no cobraría tampoco.
No me dijeron que perdería mis habilidades sociales, que me iría olvidando paulatinamente de cómo se habla utilizando el aparato fonador, ese de boca, lengua, cuerdas vocales....
Ahora yo, te lo cuento a tí, por si estás a punto de apuntarte a esta bicoca de la conciliación.
Desde mi torre de chips

Lois Lane dijo
Como todo en esta vida, haya cosas que tienen sus pros y sus contras. Trabajar en casa, pues para mí sería genial por todas las cosa que dices, salvo por lo de no empatizar con mis compañeros, porque soy un animal social y sin contacto humano me deshago como la mantequilla y pierdo toda mi consistencia.
Lo de ser autónoma... buf, casi que no, gracias. Tengo una amiga en esa situación, gana una pasta gansa, peor el precio final creo que es alto...
Un placer leerte. Volveré
27 Enero 2007 | 03:29 PM